El bienestar emocional no es una condición fija ni definitiva: tanto la alegría como la tristeza forman parte del devenir humano y pueden transformarse a lo largo del tiempo. Reconocer esto es fundamental, porque nos recuerda que las personas siempre conservan capacidad de cambio, incluso en contextos adversos.
Es cierto que nuestro organismo responde con sustancias como la dopamina, la serotonina, la oxitocina o las endorfinas cuando experimentamos momentos de bienestar. Pero es crucial no reducir la felicidad a una mera reacción química. Esas respuestas cerebrales suelen activarse cuando logramos satisfacer necesidades básicas: tener acceso a alimento digno, sentirnos seguros en nuestro entorno, o contar con redes de apoyo genuinas. Y justamente ahí radica el desafío: muchas personas enfrentan barreras estructurales —pobreza, violencia, aislamiento social— que dificultan el acceso cotidiano a esas condiciones mínimas de bienestar.
Cuando logramos articular esas dimensiones —individual, relacional y social—, sí es posible cultivar cotidianamente emociones como la alegría, la satisfacción y la confianza. No como un estado permanente ni obligatorio, sino como experiencias genuinas que florecen cuando las condiciones de vida lo permiten y cuando contamos con el acompañamiento necesario para transitarlas.

