Imagina cualquier ciudad de México un 8 de marzo: calles teñidas de morado, mujeres con pañuelos al cuello gritando consignas contra la violencia, y al fondo, vendedores ambulantes con rosas rojas a precio de ganga. No es solo un día de flores y discursos. En México, el Día Internacional de la Mujer se convierte en espejo de luchas que no empiezan ni terminan esa fecha, donde el trabajo social aparece en las aceras y en los refugios, no en los titulares. La fecha tiene sus raíces en las protestas obreras de 1910 en Estados Unidos y Europa, pero acá aterrizó con otras urgencias: el machismo metido en los huesos, feminicidios que según datos oficiales de 2025 llegan a 10 diarios, y una brecha de género que sigue pesando demasiado.
En la capital, el Zócalo se vuelve epicentro. Cada año miles marchan desde la Glorieta de las Mujeres que Luchan (Paseo de la Reforma) hasta el Zócalo. Entre los gritos de consigna "¡Alto a los feminicidios!", "¡Presentación con vida de las desaparecidas!", de las mareas de colores morados, verdes y puños en alto destacan las madres cargando fotos de hijas desaparecidas, con carteles hechos a mano: "Ni una menos". No hay nada de show en eso.
Hay grupos de activistas —muchas de ellas trabajadoras sociales— arman talleres gratuitos sobre derechos laborales. El año pasado, bajo un sol sin misericordia, una coordinadora de albergue contó cómo atienden a 50 mujeres por semana, mujeres huyendo de parejas que las golpean. "Aquí no solo damos cama; enseñamos a reconstruir vidas", dijo mientras repartía folletos con números de emergencia. Eso se me quedó grabado.
El trabajo social está en el centro de todo esto, aunque no siempre salga en las fotos. En México, el 8 de marzo sirve para hacer visible lo que ya existe: organizaciones como el DIF estatal o colectivos independientes aprovechan el momento para mostrar sus programas de capacitación en oficios para madres solteras, terapias grupales para sobrevivientes de abuso, campañas contra el acoso en las maquiladoras del Bajío. Un reporte de ONU Mujeres de 2025 dice que el 40% de las mexicanas ha sufrido violencia. Eso no es estadística abstracta; es el trabajo diario de quienes operan las "casas de la mujer" en todo el país, espacios donde psicóloga, abogado y nutrióloga se juntan para armar un plan de vida personalizado. No es teoría de libro: es cuando una mujer aprende a manejar un presupuesto propio por primera vez.
Tampoco todo funciona. Las marchas a veces se complican —vidrios rotos en Reforma y grafitti en monumentos, por ejemplo— y los gobiernos responden con promesas que se evaporan. López Obrador impulsó leyes contra la violencia durante su sexenio, pero la aplicación falló: en algunos estados recortaron hasta el 70% del presupuesto destinado a eso. Con todo, el día genera cosas concretas. En mi barrio, una trabajadora social armó un grupo de apoyo después de la pandemia; hoy 20 mujeres se reúnen cada quince días a compartir desde cómo negociar un salario hasta cómo levantar una denuncia contra un jefe abusivo. Un divorcio ganado, un trabajo estable conseguido: esas son las victorias que importan, aunque no llenen portadas.
Afuera, el 8 de marzo pide paridad. Acá exige sobrevivencia. Y entre esas dos demandas, el trabajo social encuentra su lugar: no en los paneles elegantes sino en los refugios, en las plazas, en los grupos de WhatsApp que avisan cuándo hay turno en la caja de ahorro. Se está ganando terreno, sí, pero a paso a paso y con las manos bien metidas en el problema.









