miércoles, 28 de enero de 2026

Guía de supervivencia para el trabajador social en las cenas familiares

La escena del crimen: 

Estás en la cena de Navidad, apenas llevas dos bocados de tu comida y estás pensando en lo que te va a traer Santa Claus, cuando tu tía Marta se inclina hacia ti con esa mirada que ya conoces. "Oye, ya que eres trabajador social..." Y ahí en ese justo momento sabes que ya perdiste. Adiós cena caliente, hola consulta gratuita de 45 minutos.

 

 

 

El vecino problemático: 

Te dice tu tía, esa que solo ves una vez al año, "Tengo un vecino que grita todo el día, creo que maltrata a su perro/esposa/planta/hijos/otro vecino/ o lo que se le ocurra. ¿Qué hago?" dice ella con cara de estar esperando una respuesta que le de descanso a su conciencia. 


Tu familia se te queda viendo en silencio y ni siquiera parpadean, en espera de que saques un formulario mágico de intervención familiar de tu bolsillo. Lo que no saben es que tu respuesta profesional real sería: "Tía llama al 911" o "Eso no es parte de mi jurisdicción", pero como es la tía Marta, terminas dando un mini taller de 20 minutos sobre límites vecinales. (tu comida ya se enfrío)


 

El primo que "necesita ayuda":

Tu mamá te arrastra a la cocina y te dice en voz baja como si estuvieras en un funeral: "Habla con tu primo Javier, está muy raro últimamente, se pasa todo el día en su cuarto". 

¿Qué espera? ¿Qué hagas una intervención psicosocial entre el pavo y el postre? Pero si Javier tiene 15 años y simplemente está siendo un adolescente normal, pero tu familia cree que necesita "terapia urgente" porque usa ropa negra. Y para eso quien mejor que tú.

 

 El caso legal que no es tu área: 

"Mi cuñado tiene un problema con Hacienda, ¿tú sabes de eso?" 

-No, tía. Estudié trabajo social, no derecho tributario. 

-Ah, no importa pero si tú eres un licenciado y has estudiado y seguramente conoces esto… Uff! igual terminas escuchando 30 minutos sobre facturas y deducciones mientras tu comida se enfría.

  

Frases que has dicho (y te arrepientes y mucho!):

- "Bueno, depende del contexto..." (Error. Nunca digas esto. Ahora te contarán TODO, sí, tooodooo el contexto, desde 1987)

- "No soy psicólogo, pero..." (Ya valío, en ese momento ya te hicieron el test de Rorschach con las manchas del mantel)

- "¿Has intentado comunicarte con él/ella?" (Claro, porque en 40 años de familia nadie pensó en HABLAR)

 

Pero lo que realmente quieres decir:

"Mira tía, mi tarifa por consulta es de 1000 pesos y ya con el descuento a familiares y por supuesto acepto transferencias y pago con tarjeta", mientras en tu imaginación sacas tu terminal para que la vean.

Pero en vez de eso sonríes y dices: "Es complicado, quizás deberían buscar ayuda profesional" mientras piensas en tu propio estrés y en que TÚ también necesitas urgentemente terapia después de estas cenas, eso si, con un profesional del ramo.

 

El final inesperado:

Lo mejor es cuando tu propia familia ignora TODOS tus consejos profesionales reales, pero luego le hacen caso al vecino que vio un artículo en internet, en tiktok o facebook. Ahí es cuando realmente cuestionas tu vocación.


Pero no te preocupes, existen soluciones.

Cómo sobrevivir a esos momentos incómodos:

1. "Hoy no estoy trabajando, déjame disfrutar la cena" (funciona el 2% de las veces mientras te ven feo y piensan que eres un pesado)

2. Asentir mientras masticas muy lentamente y ocasionalmente dejar salir un ¡Ah! Sin afirmar o negar.e

3. Redirigir la situación: "¿Y ese pastel casero? Se ve delicioso..." ¿Quién lo hizo?, dónde lo compraron, me podrían dar la receta?, etc.etc.etc.

4. La honestidad brutal: "Tía, estoy muy cansado y vine a comer, no a trabajar gratis" (lo más sincero que puedes hacer aunque le caigas "gordo" y no te dirija la palabra durante un tiempo)

 

Aunque en realidad:

Sabes que vendrás a la próxima cena. Sabes que volverá a pasar. Porque en el fondo, aunque te quejes, una pequeña parte de ti se siente útil... hasta que tu prima te interrumpe para preguntarle si su gato necesita "terapia de juego" porque ya no caza ratones.

 

Moraleja:

El trabajo social no tiene horario... ni siquiera cuando estás tratando de comer en paz. Pero ¡hey!, sí corres con suerte al menos te guardan postre... el que preparó tu tía.

lunes, 19 de enero de 2026

Elena y la Licenciada

Esta es la historia de Elena, una trabajadora social con un corazón de oro, una paciencia infinita para sus casos y una relación sumamente complicada con su propia conciencia, a quien ella llama "La Licenciada".

"La Licenciada" no es una voz dulce; es como una supervisora de departamento que lleva un registro minucioso de todas las veces que Elena no aplica en su vida personal los consejos que da en el trabajo.

*************************************************************** 

Al llegar a su hogar Elena cerró la puerta tras de sí y se apoyó contra ella un segundo, como si necesitara asegurarse de que el mundo no la siguiera adentro. Había pasado las últimas siete horas mediando entre una familia que ya no se hablaba, llenando formularios para subsidios que tardarían meses en llegar, y explicándole a un hombre de setenta años cómo usar una videollamada para ver a su nieto. Ahora solo quería silencio, oscuridad y algo salado.

Se dejó caer en el sofá, abrió una bolsa de papas fritas que había comprado por impulso en el OXXO de la esquina y suspiró profundamente. El "Capitán", su gato, saltó a su regazo, indiferente a todo excepto al calor.

Buenas noches —dijo una voz dentro de su cabeza. No era suave. Era precisa, firme, ligeramente cansada—. Veo que hoy tampoco comimos nada que crezca en la tierra... ¿verdad?.

No empieces, Licenciada —murmuró Elena, sin abrir los ojos—. Doña Carmen lloró tanto que pensé que iba a deshidratarse. Y el sistema se cayó tres veces. Necesito… no sé. Algo que no me exija pensar.

Claro —respondió la voz—. Entonces, mientras le decimos al joven del caso 402 que “los hábitos saludables son la base de la estabilidad emocional”, nosotros nos consolamos con grasa y sal. ¿No te parece un poco… contradictorio?

Elena sonrió con amargura.
—Se llama mecanismo de defensa. Lo enseñamos en el curso de autocuidado, ¿recuerdas? Aunque, claro, ahí nunca mencionamos que a veces el autocuidado es comer papas fritas en soledad y fingir que no tienes mensajes sin leer.

Agarró el teléfono. Deslizó distraídamente por una app de citas. Se detuvo en un perfil: fotos en el gimnasio, biografía corta, sonrisa forzada y un lindo perrito.


Ni lo pienses—dijo La Licenciada—. Ese tipo tiene cara de alguien que confunde el sudor con la introspección. Vas a terminar escuchando sus traumas mientras él    levanta pesas mentales que ni sabe que tiene.

Solo estoy mirando —dijo Elena, aunque ya sabía que no era cierto.

Y luego vendrá la fase dos: tú validando sus inseguridades gratis, cuando en la oficina cobrarías por hacer exactamente lo mismo. ¿Por qué regalas tu trabajo en la vida privada?

Elena suspiró. Abrió WhatsApp. Su hermana le había escrito: “¿Puedes cuidar a los niños el sábado? Es que tengo una entrevista.”

Le voy a decir que no —dijo en voz alta, como si así fuera más real—. Necesito tiempo para mí.

¡Exacto! —celebró La Licenciada—. Usa el “Mensaje Yo”. Di: “Me siento muy cansada y necesito espacio.” ¡Asertividad pura!

Elena tecleó. Borró. Volvió a teclear.
“Claro, tráelos. No hay problema.”

Hubo un silencio largo en su cabeza.

Eres... imposible —dijo finalmente La Licenciada—. Acabas de ignorar tres sesiones de terapia sobre límites personales. Si pudiera, te pondría una nota de desempeño negativo.

Elena se levantó para beber agua. Al pasar por la cocina, vio los platos del desayuno aún en el fregadero.

Mañana —dijo—. Hoy no tengo energía ni para el agua caliente.

La acumulación de tareas domésticas no resueltas es un indicador clásico de sobrecarga emocional —dijo La Licenciada, ahora con tono de alerta—. Recuerda lo que le dijiste a la familia Pérez: “El entorno refleja el estado interno.” Mírate. Tienes calcetines distintos, estás hablando contigo misma y tu café de ayer sigue en la taza.

Elena rio, aunque los ojos se le humedecieron un poco.
—El equilibrio hoy fue no llorar cuando vi el recibo de la luz. Eso ya es un logro.

Tienes razón —admitió La Licenciada, más suave—. Eso sí es resiliencia. Pero si no lavas ese plato, mañana el café te sabrá a culpa, mucha culpa.

Más tarde, acostada en la cama, Elena susurró:
—Gracias, Licenciada. Aunque seas insoportable, me mantienes a flote.

Es mi trabajo —dijo la voz—. Pero prométeme algo: mañana, cuando el cajero del banco te dé malas noticias, no le preguntes cómo está su día. Él no necesita tu empatía. Tú sí necesitas la tuya.

Lo intentaré —dijo Elena, ya medio dormida.

Buenas noches —dijo La Licenciada—. Y mañana… desayunamos fruta. Si veo otra papa frita, activo el protocolo de emergencia emocional.

Elena sonrió en la oscuridad.
—Trato.