lunes, 19 de enero de 2026

Elena y la Licenciada

Esta es la historia de Elena, una trabajadora social con un corazón de oro, una paciencia infinita para sus casos y una relación sumamente complicada con su propia conciencia, a quien ella llama "La Licenciada".

"La Licenciada" no es una voz dulce; es como una supervisora de departamento que lleva un registro minucioso de todas las veces que Elena no aplica en su vida personal los consejos que da en el trabajo.

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Al llegar a su hogar Elena cerró la puerta tras de sí y se apoyó contra ella un segundo, como si necesitara asegurarse de que el mundo no la siguiera adentro. Había pasado las últimas siete horas mediando entre una familia que ya no se hablaba, llenando formularios para subsidios que tardarían meses en llegar, y explicándole a un hombre de setenta años cómo usar una videollamada para ver a su nieto. Ahora solo quería silencio, oscuridad y algo salado.

Se dejó caer en el sofá, abrió una bolsa de papas fritas que había comprado por impulso en el OXXO de la esquina y suspiró profundamente. El "Capitán", su gato, saltó a su regazo, indiferente a todo excepto al calor.

Buenas noches —dijo una voz dentro de su cabeza. No era suave. Era precisa, firme, ligeramente cansada—. Veo que hoy tampoco comimos nada que crezca en la tierra... ¿verdad?.

No empieces, Licenciada —murmuró Elena, sin abrir los ojos—. Doña Carmen lloró tanto que pensé que iba a deshidratarse. Y el sistema se cayó tres veces. Necesito… no sé. Algo que no me exija pensar.

Claro —respondió la voz—. Entonces, mientras le decimos al joven del caso 402 que “los hábitos saludables son la base de la estabilidad emocional”, nosotros nos consolamos con grasa y sal. ¿No te parece un poco… contradictorio?

Elena sonrió con amargura.
—Se llama mecanismo de defensa. Lo enseñamos en el curso de autocuidado, ¿recuerdas? Aunque, claro, ahí nunca mencionamos que a veces el autocuidado es comer papas fritas en soledad y fingir que no tienes mensajes sin leer.

Agarró el teléfono. Deslizó distraídamente por una app de citas. Se detuvo en un perfil: fotos en el gimnasio, biografía corta, sonrisa forzada y un lindo perrito.


Ni lo pienses—dijo La Licenciada—. Ese tipo tiene cara de alguien que confunde el sudor con la introspección. Vas a terminar escuchando sus traumas mientras él    levanta pesas mentales que ni sabe que tiene.

Solo estoy mirando —dijo Elena, aunque ya sabía que no era cierto.

Y luego vendrá la fase dos: tú validando sus inseguridades gratis, cuando en la oficina cobrarías por hacer exactamente lo mismo. ¿Por qué regalas tu trabajo en la vida privada?

Elena suspiró. Abrió WhatsApp. Su hermana le había escrito: “¿Puedes cuidar a los niños el sábado? Es que tengo una entrevista.”

Le voy a decir que no —dijo en voz alta, como si así fuera más real—. Necesito tiempo para mí.

¡Exacto! —celebró La Licenciada—. Usa el “Mensaje Yo”. Di: “Me siento muy cansada y necesito espacio.” ¡Asertividad pura!

Elena tecleó. Borró. Volvió a teclear.
“Claro, tráelos. No hay problema.”

Hubo un silencio largo en su cabeza.

Eres... imposible —dijo finalmente La Licenciada—. Acabas de ignorar tres sesiones de terapia sobre límites personales. Si pudiera, te pondría una nota de desempeño negativo.

Elena se levantó para beber agua. Al pasar por la cocina, vio los platos del desayuno aún en el fregadero.

Mañana —dijo—. Hoy no tengo energía ni para el agua caliente.

La acumulación de tareas domésticas no resueltas es un indicador clásico de sobrecarga emocional —dijo La Licenciada, ahora con tono de alerta—. Recuerda lo que le dijiste a la familia Pérez: “El entorno refleja el estado interno.” Mírate. Tienes calcetines distintos, estás hablando contigo misma y tu café de ayer sigue en la taza.

Elena rio, aunque los ojos se le humedecieron un poco.
—El equilibrio hoy fue no llorar cuando vi el recibo de la luz. Eso ya es un logro.

Tienes razón —admitió La Licenciada, más suave—. Eso sí es resiliencia. Pero si no lavas ese plato, mañana el café te sabrá a culpa, mucha culpa.

Más tarde, acostada en la cama, Elena susurró:
—Gracias, Licenciada. Aunque seas insoportable, me mantienes a flote.

Es mi trabajo —dijo la voz—. Pero prométeme algo: mañana, cuando el cajero del banco te dé malas noticias, no le preguntes cómo está su día. Él no necesita tu empatía. Tú sí necesitas la tuya.

Lo intentaré —dijo Elena, ya medio dormida.

Buenas noches —dijo La Licenciada—. Y mañana… desayunamos fruta. Si veo otra papa frita, activo el protocolo de emergencia emocional.

Elena sonrió en la oscuridad.
—Trato.