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lunes, 19 de enero de 2026

Elena y la Licenciada

Esta es la historia de Elena, una trabajadora social con un corazón de oro, una paciencia infinita para sus casos y una relación sumamente complicada con su propia conciencia, a quien ella llama "La Licenciada".

"La Licenciada" no es una voz dulce; es como una supervisora de departamento que lleva un registro minucioso de todas las veces que Elena no aplica en su vida personal los consejos que da en el trabajo.

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Al llegar a su hogar Elena cerró la puerta tras de sí y se apoyó contra ella un segundo, como si necesitara asegurarse de que el mundo no la siguiera adentro. Había pasado las últimas siete horas mediando entre una familia que ya no se hablaba, llenando formularios para subsidios que tardarían meses en llegar, y explicándole a un hombre de setenta años cómo usar una videollamada para ver a su nieto. Ahora solo quería silencio, oscuridad y algo salado.

Se dejó caer en el sofá, abrió una bolsa de papas fritas que había comprado por impulso en el OXXO de la esquina y suspiró profundamente. El "Capitán", su gato, saltó a su regazo, indiferente a todo excepto al calor.

—Buenas noches —dijo una voz dentro de su cabeza. No era suave. Era precisa, firme, ligeramente cansada—. Veo que hoy tampoco comimos nada que crezca en la tierra... ¿verdad?.

—No empieces, Licenciada —murmuró Elena, sin abrir los ojos—. Doña Carmen lloró tanto que pensé que iba a deshidratarse. Y el sistema se cayó tres veces. Necesito… no sé. Algo que no me exija pensar.

—Claro —respondió la voz—. Entonces, mientras le decimos al joven del caso 402 que “los hábitos saludables son la base de la estabilidad emocional”, nosotros nos consolamos con grasa y sal. ¿No te parece un poco… contradictorio?

Elena sonrió con amargura.
—Se llama mecanismo de defensa. Lo enseñamos en el curso de autocuidado, ¿recuerdas? Aunque, claro, ahí nunca mencionamos que a veces el autocuidado es comer papas fritas en soledad y fingir que no tienes mensajes sin leer.

Agarró el teléfono. Deslizó distraídamente por una app de citas. Se detuvo en un perfil: fotos en el gimnasio, biografía corta, sonrisa forzada y un lindo perrito.


—Ni lo pienses—dijo La Licenciada—. Ese tipo tiene cara de alguien que confunde el sudor con la introspección. Vas a terminar escuchando sus traumas mientras él    levanta pesas mentales que ni sabe que tiene.

—Solo estoy mirando —dijo Elena, aunque ya sabía que no era cierto.

—Y luego vendrá la fase dos: tú validando sus inseguridades gratis, cuando en la oficina cobrarías por hacer exactamente lo mismo. ¿Por qué regalas tu trabajo en la vida privada?

Elena suspiró. Abrió WhatsApp. Su hermana le había escrito: “¿Puedes cuidar a los niños el sábado? Es que tengo una entrevista.”

—Le voy a decir que no —dijo en voz alta, como si así fuera más real—. Necesito tiempo para mí.

—¡Exacto! —celebró La Licenciada—. Usa el “Mensaje Yo”. Di: “Me siento muy cansada y necesito espacio.” ¡Asertividad pura!

Elena tecleó. Borró. Volvió a teclear.
“Claro, tráelos. No hay problema.”

Hubo un silencio largo en su cabeza.

—Eres... imposible —dijo finalmente La Licenciada—. Acabas de ignorar tres sesiones de terapia sobre límites personales. Si pudiera, te pondría una nota de desempeño negativo.

Elena se levantó para beber agua. Al pasar por la cocina, vio los platos del desayuno aún en el fregadero.

—Mañana —dijo—. Hoy no tengo energía ni para el agua caliente.

—La acumulación de tareas domésticas no resueltas es un indicador clásico de sobrecarga emocional —dijo La Licenciada, ahora con tono de alerta—. Recuerda lo que le dijiste a la familia Pérez: “El entorno refleja el estado interno.” Mírate. Tienes calcetines distintos, estás hablando contigo misma y tu café de ayer sigue en la taza.

Elena rio, aunque los ojos se le humedecieron un poco.
—El equilibrio hoy fue no llorar cuando vi el recibo de la luz. Eso ya es un logro.

—Tienes razón —admitió La Licenciada, más suave—. Eso sí es resiliencia. Pero si no lavas ese plato, mañana el café te sabrá a culpa, mucha culpa.

Más tarde, acostada en la cama, Elena susurró:
—Gracias, Licenciada. Aunque seas insoportable, me mantienes a flote.

—Es mi trabajo —dijo la voz—. Pero prométeme algo: mañana, cuando el cajero del banco te dé malas noticias, no le preguntes cómo está su día. Él no necesita tu empatía. Tú sí necesitas la tuya.

—Lo intentaré —dijo Elena, ya medio dormida.

—Buenas noches —dijo La Licenciada—. Y mañana… desayunamos fruta. Si veo otra papa frita, activo el protocolo de emergencia emocional.

Elena sonrió en la oscuridad.
—Trato.


 

miércoles, 5 de noviembre de 2025

Hoy el acoso no se queda en la escuela… y el trabajo social tampoco

6 de noviembre – Día Internacional contra la Violencia y el Acoso Escolar

Hoy no se trata solo de evitar empujones en el recreo. Hoy también hablamos de los mensajes que duelen más por la noche, de las fotos que circulan sin permiso, de los memes que dejan marcas aunque no se vean. El acoso escolar ya no tiene horario ni fronteras: entró al salón… y también a la pantalla del celular.

Y frente a eso, hay una figura que muchas veces pasa desapercibida, pero que está en primera fila: el trabajador social escolar. No con una varita mágica, pero sí con algo más poderoso: la capacidad de conectar, escuchar y actuar con otros.


No da órdenes: abre espacios para hablar

Un trabajador social no entra al plantel a “arreglar el problema”. Entra a sentarse con los chavos, a veces en un banco del patio, a veces en un rincón del aula. No les dice “debes denunciar”, sino pregunta:
—¿Te ha pasado algo que te haya hecho sentir mal en redes o en la escuela?

Muchas veces, esa pregunta sencilla es la primera vez que alguien les da permiso para hablar. Y en esa plática, nace la confianza. Porque el trabajo social no juzga: acompaña. Y eso, en medio del miedo y la vergüenza, es un alivio enorme. 

 


Camina con los maestros, no por encima de ellos

¿Crees que los profesores siempre saben cuándo hay acoso? A veces no. Pero cuando el trabajador social platica con ellos en la sala de maestros, les ayuda a ver lo que antes pasaba desapercibido: un chico que ya no levanta la mano, una chica que se sienta siempre sola, un grupo que se ríe “demasiado” de alguien.

Juntos, maestro y trabajador social diseñan formas de intervenir sin exponer a nadie, porque saben que castigar no cura. Lo que sana es sentirse visto, escuchado… y protegido.


Con las familias: sin sermones, con complicidad

Muchos papás y mamás se sienten perdidos frente al mundo digital de sus hijos. “No entiendo TikTok”, “no sé cómo mirar sin invadir”, “¿será que exageran?”.

 El trabajador social no llega con un discurso, sino con una invitación:

—¿Y si charlamos de cómo podemos cuidarlos juntos, sin que ellos se sientan vigilados?

A veces organiza cafés con padres, reuniones virtuales los viernes en la noche, o simplemente una llamada tranquila. Su objetivo no es “enseñarles a ser mejores padres”, sino tejer alianzas reales, donde todos —escuela, familia, comunidad— se sientan parte de la solución.


Con la comunidad: construye redes… de las que cuidan

El trabajo social escolar no trabaja en soledad. Reúne a estudiantes, docentes, madres, padres, incluso al personal de intendencia, para crear acuerdos colectivos.

¿Cómo queremos que sea nuestro grupo en redes?
¿Qué hacemos si vemos que alguien está siendo atacado en línea?
¿Cómo apoyamos a quien se atreve a pedir ayuda?

Y lo más bonito: deja que los mismos adolescentes propongan. Porque saben mejor que nadie cómo se vive el ciberacoso… y también cómo frenarlo.


¿Y tú qué puedes hacer hoy?

No necesitas ser experto. Solo estar presente.

  • Pregúntale a tu hijo o sobrino: “¿todo bien en el cole… y en tus redes?”
  • Si eres maestro, no minimices lo que parece “solo un chisme”.
  • Si ves algo raro, habla con el trabajador social de tu escuela.
  • Y si ya hay uno, agradécele. Porque su trabajo no se mide en actas, sino en vidas que recuperan la confianza.

Una escuela segura no se construye con reglas solas… se teje con conversaciones

Hoy, en el Día Internacional contra la Violencia y el Acoso Escolar, recordemos que el cambio no viene de un discurso, sino de actos cotidianos de cuidado compartido.

El trabajador social escolar no tiene todas las respuestas. Pero sí tiene las manos tendidas, el oído atento y el corazón dispuesto a caminar con otros, no por delante ni por detrás.

Y en un mundo donde el acoso se esconde hasta en la pantalla del celular… eso es, sin duda, revolucionario. 

 


Si en tu escuela no hay trabajo social… pregúntate por qué no.

Porque nadie debería tener que sufrir en silencio. Ni en el salón. Ni en su teléfono.

Cuidar también cansa: un homenaje a quienes sostienen la vida con las manos y el corazón

Hoy, 5 de noviembre, muchas personas en distintas partes del mundo aprovechan para hacer un alto y reconocer la labor de quienes cuidan. Aunque no existe —todavía— un “Día Internacional de las Personas Cuidadoras” decretado por la ONU, en países como Estados Unidos noviembre es el Mes Nacional del Cuidador, y en otras latitudes se han ido creando espacios propios para visibilizar esta tarea que, aunque esencial, muchas veces pasa desapercibida. Y es que cuidar no es solo una actividad: es un acto de amor, de resistencia y, a veces, de supervivencia.

Detrás de cada adulto mayor que recibe sus medicinas a tiempo, de cada niño con discapacidad que va a la escuela, de cada persona que enfrenta una enfermedad crónica con dignidad, hay alguien que despierta antes y se duerme después. Son madres, hijos, hermanos, parejas, vecinas, amigas… o trabajadores formales del cuidado, como enfermeros, asistentes domiciliarios o promotores comunitarios. A menudo, estas personas ponen sus propias vidas en pausa sin darse cuenta, hasta que el cuerpo o el alma les dice “basta”.

Porque el cuidado no es solo cambiar pañales o preparar comidas. Es también aguantar el llanto ajeno sin tener con quién desahogarse, es cargar con decisiones médicas que ni siquiera entendés del todo, es ver cómo se desdibuja tu identidad porque ya solo te llaman “el que cuida a...”. Y en ese camino, el agotamiento, la ansiedad y la culpa —sí, la culpa por sentirse cansado— se vuelven compañeros silenciosos.

Aquí es donde entra, con los pies en la tierra y el oído atento, el trabajo social. No como una solución mágica, sino como un puente. Porque un trabajador social no solo conoce los trámites o los programas gubernamentales; sabe escuchar sin juzgar, sabe que a veces lo más urgente no es un recurso, sino un abrazo o una palabra que diga: “No estás solo”. En muchas comunidades, estos profesionales han tejido redes de apoyo entre cuidadores, han organizado talleres de autocuidado en plazas o iglesias, o han acompañado a familias a enfrentar duelos que ni siquiera habían nombrado.

Y es que hay estudios —sí, muchos— que confirman algo que cualquier persona que haya cuidado ya sabe en la piel: el acompañamiento emocional y práctico reduce el estrés, mejora la calidad del cuidado y, sobre todo, devuelve un poco de humanidad a quien lo da. Pero también hay algo que los papeles no dicen: que muchas veces el trabajador social también se quiebra. Por eso, el cuidado debe ser colectivo, no individual.

En un mundo que valora lo productivo por encima de lo afectivo, honrar a quienes cuidan es un acto profundamente político. No basta con agradecerles en un día del calendario; hay que construir sistemas que los sostengan: licencias reales, acceso a salud mental, apoyo económico, tiempo libre digno. Porque si queremos una sociedad más justa, debemos empezar por reconocer que la vida se sostiene no solo con leyes o hospitales, sino con manos que se cansan y corazones que no se rinden.

Y eso, querer cuidar sin olvidar al que cuida… eso sí que es trabajo social de verdad. 


 

viernes, 17 de octubre de 2025

Donde empieza la esperanza: el trabajo social ante la pobreza (Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza 17 de octubre

Cada 17 de octubre, el mundo detiene por un momento su rutina para hablar de pobreza. Pero, por más discursos y cifras que se repitan, sigue siendo difícil entender lo que significa vivir con menos de lo indispensable. La pobreza no es un concepto; es la vida que se sostiene con ingenio, con resistencia y con fe en los demás. Es ese niño que estudia con un cuaderno prestado, o esa mujer que camina kilómetros para conseguir agua.

En México, millones de personas viven en esa realidad invisible. En los márgenes de las ciudades, donde el pavimento se acaba y empieza el polvo, el trabajo social se convierte en uno de los pocos brazos extendidos del Estado hacia quienes no tienen red de apoyo. Los trabajadores sociales no llegan con promesas milagrosas; llegan con escucha, con respeto y con paciencia. En su labor, la empatía se convierte en herramienta y la dignidad en objetivo.

Quienes elegimos mirar la pobreza desde afuera solemos reducirla a números. Pero el trabajador social sabe que detrás de cada cifra hay una historia detenida: la niña que no asiste a clases porque cuida a sus hermanos, el anciano que no recibe atención médica, la familia que reconstruye su vivienda después de una inundación. El trabajo social, entonces, no es un servicio; es una forma de resistencia.

Hoy, en el Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza, vale la pena cuestionar lo que entendemos por progreso. Porque mientras unos acumulan riqueza, otros acumulan esperas. La lucha contra la pobreza no puede depender solo de políticas económicas: necesita una mirada humana, una ética que ponga la vida en el centro. Y en ese terreno, el trabajo social no busca protagonismo; busca puentes.

En cada comunidad hay ejemplos silenciosos: mujeres que organizan comedores, jóvenes que impulsan cooperativas, adultos mayores que enseñan oficios a sus vecinos. Los trabajadores sociales acompañan esas iniciativas sin imponer agendas, fortaleciendo la confianza colectiva que nace del "hacer juntos". Allí donde la pobreza se disfraza de rutina, ellos descubren posibilidades que parecían extinguidas. 

Erradicar la pobreza no significa borrar la carencia, sino dar oportunidad de reconstruir el sentido. Cuando una persona encuentra empleo digno, acceso a salud, educación o simplemente alguien que le escuche sin juzgar, comienza una transformación real. El trabajo social es esa chispa que prende en lo cotidiano y demuestra que el cambio empieza cuando dejamos de mirar la pobreza con lástima y comenzamos a mirarla con compromiso.

Tal vez este día no necesite más estadísticas ni discursos elaborados. Tal vez lo que de verdad se necesita es voluntad de reconocer que la pobreza no es un fracaso individual, sino una falla colectiva. Si cada profesional, vecino o ciudadano asumiera que la dignidad de otros también es su responsabilidad, la erradicación dejaría de ser una utopía.

Y ahí, en ese gesto cotidiano de acompañar y creer que todos merecen una vida plena, se encuentra la esencia del trabajo social. No en la burocracia, ni en los programas, sino en el encuentro humano —ese que devuelve esperanza donde parecía imposible hallarla—. Porque la pobreza no se vence solo con dinero; se vence cuando alguien extiende la mano y dice: “no estás solo”.


 

lunes, 13 de octubre de 2025

Tejiendo prevención: El trabajo social como primer dique ante los desastres en México (13 de octubre)

La radio crepita en una casa de Nacajuca, Tabasco. Afuera, el cielo no ha dejado de escupir agua en días. El olor a tierra mojada se cuela por las rendijas de las ventanas, y tres niños observan, inmóviles, cómo el agua empieza a trepar por la banqueta. No es la primera vez. Tampoco será la última. En México, octubre no solo marca el fin de la temporada de lluvias: también es el mes en que el país recuerda —a veces con dolor, otras con resignación— que los desastres no son eventos aislados, sino parte de la cotidianidad de millones.

Este 13 de octubre, Día Internacional para la Reducción del Riesgo de Desastres, los pronósticos no son alentadores. Según el Sistema Nacional de Protección Civil, hasta la primera mitad de octubre de 2025 al menos 158 mil personas han sido afectadas por fenómenos hidrometeorológicos en 17 entidades federativas. La temporada ha generado 14 huracanes y 12 tormentas tropicales en el Pacífico y el Atlántico. Las imágenes que circulan en redes y noticieros muestran lodo, techos arrancados, caminos inundados. Pero hay otra historia que rara vez se filtra en los titulares: la de quienes trabajan antes, durante y después del desastre, sin uniforme visible ni reflectores: las y los trabajadores sociales.

Detrás de cada alerta meteorológica, de cada cifra en un boletín, hay rostros que actúan antes de que el desastre se consuma. Uno de ellos es el de Mariana.


La puerta que se abre antes del caos

En Hermosillo, Sonora, Mariana toca la puerta de doña Lupita poco después del mediodía. Lleva su portapapeles, una bolsa con medicamentos básicos y una sonrisa que transmite más calma de la que ella misma siente. Doña Lupita, de 78 años, vive sola desde que su hijo emigró a Estados Unidos. Su casa, de block y lámina, está en una zona de alto riesgo de inundación. Mariana la ha visitado cada semana desde que las primeras alertas se activaron.

—Vamos a revisar el plan de evacuación otra vez —dice, mientras saca un dibujo con colores y flechas—. Si suena la sirena, usted agarra su mochila, sale por la puerta trasera y va directo al centro comunitario. ¿Sí?

Doña Lupita asiente. Ya lo ha hecho antes. Pero en desastres, la repetición salva vidas.

Mariana es trabajadora social del Sistema Estatal DIF de Sonora. Desde que comenzó la temporada de lluvias, su jornada empieza a las 6:00 a.m. y termina cuando ya no puede más. Recorre albergues, verifica listas de personas en situación de vulnerabilidad —adultos mayores, mujeres embarazadas, personas con discapacidad—, coordina donaciones, traduce protocolos a lenguas indígenas y, sobre todo, escucha. Porque en medio del caos, muchas veces lo más urgente no es un techo, sino una voz que diga: “Estoy aquí”.


La prevención que no se ve

A nivel nacional, el trabajo social en la gestión de riesgos sigue siendo subestimado. De acuerdo con un análisis de la Red Mexicana de Gestión de Riesgos (2024), los recursos destinados a prevención —no respuesta— representan menos del 0.3% del presupuesto total en materia de protección civil. Y sin embargo, son las y los trabajadores sociales quienes identifican a las poblaciones más expuestas, diseñan estrategias comunitarias y construyen confianza donde las instituciones han fallado.

En Chiapas, gracias al trabajo de un equipo de trabajadoras sociales tzotziles, una comunidad del ejido San Juan logró evacuar a tiempo antes del deslave que arrasó con tres casas. En la Sierra Norte de Oaxaca, otro grupo organizó talleres de autocuidado emocional y mapas de riesgo elaborados por los propios habitantes. En Veracruz, se crearon comités de mujeres que ahora lideran las alertas tempranas en sus barrios.

“Nosotras no esperamos a que pase el desastre para actuar”, dice Lucía, coordinadora de trabajo social en Protección Civil de Tabasco. “Nuestro trabajo es tejer redes antes de que se rompan. Y eso no se ve en los boletines, pero sí en las vidas que se salvan”. 

 


Más allá del lodo

La labor de estas profesionales va mucho más allá de la logística. En un contexto donde el trauma colectivo se acumula con cada inundación, cada desplazamiento forzado, cada pérdida, el acompañamiento psicosocial es clave para evitar lo que los expertos llaman “la segunda catástrofe”: la desesperanza.

“Después del agua viene el miedo, y el miedo paraliza". Lo que hacen las trabajadoras sociales es ayudar a las personas a recuperar el control y la confianza sobre sus propias decisiones y acciones. Les recuerdan que, aunque todo se inunde, todavía pueden decidir, actuar, cuidarse entre ellas”.


Un reconocimiento pendiente

A pesar de su impacto, el trabajo social sigue enfrentando precariedad laboral, falta de recursos y escasa visibilidad institucional. Muchas trabajadoras operan con vehículos propios, teléfonos personales y voluntad pura. En varios estados, ni siquiera están incluidas formalmente en los comités de protección civil.

“No pedimos medallas”, dice Mariana, mientras camina de regreso al centro de operaciones bajo una llovizna persistente. “Solo que nos vean. Porque cuando la alarma suena, ya hemos estado ahí mucho antes”.

En este 2025, marcado por récords climáticos y una creciente vulnerabilidad social, hablar de reducción de desastres no puede limitarse a infraestructura o tecnología. También —y sobre todo— debe hablar de personas. De esas manos que, sin firmar, construyen el primer dique antes de que el mundo se desmorone.

Porque salvar vidas, muchas veces, no es llegar a tiempo al rescate.
Es caminar casa por casa, semana tras semana, asegurándose de que el rescate ni siquiera sea necesario.
Y cuando el silencio vuelve… ellas siguen ahí, escribiendo la historia que nadie se detiene a leer. 


 

lunes, 19 de septiembre de 2016

Si tenemos suerte, llegaremos a ella

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De entre los muchos problemas sociales que existen en nuestra sociedad hay uno al cual se le toma poco interés: los ancianos.



Sí, esos ancianos que ahora pueden caminar con dificultad, a los cuales muchas veces como hijos les tenemos poca paciencia. Todos ellos de una u otra forma nos entregaron su tiempo y nos dejaron algo, ahora están prácticamente en el olvido.







No hablaré de esos adultos mayores que tienen la fortuna de estar con su familia, que son cuidados y, quizá que aún con poca paciencia de la familia, tienen cariño y el calor de un hogar. 






Hablo de esas personas que están solas, que cuentan sólo con la mano de alguien que se compadece de ellos, que son abandonados en la calle, en un asilo, inclusive en su propia casa.



Esos adultos mayores carecen de amor, cuidado, conversación, ya no digamos un abrazo, un beso o una palabra de aliento.



Muchos de nosotros, por nuestra profesión, hemos visitado más de una vez un asilo de ancianos y hemos observado las carencias que tienen; mis colegas trabajadores sociales no me dejarán mentir, son muchas.


A la mayoría de las personas se nos olvida que existen, que están ahí en algún lugar esperando a que alguien vaya a darles un rato de su tiempo, a apoyarlos en sus necesidades, a escucharlos.

Quizá no has tenido la oportunidad de visitar un asilo, pero te invito a que lo hagas y te des cuenta de que ahí puedes dar mucho con poco, sólo tu tiempo y un algo de esfuerzo.


Date la vuelta a uno de esos asilos, junta a tus amigos, toma del ropero de tus hijos y del tuyo la ropa que ya no te pongas que esté en buen estado, cosas que no nos quedan o quizá no sea del todo nuestro agrado y ponlas en una caja; revisen su despensa y cada uno de ustedes agreguen a esa caja productos básicos no perecederos; revisa tu botiquín de medicinas y te darás cuenta que muchos medicamentos ya no los ocupas o que están por vencer, y agrégalos a esa caja; acude con tus vecinos y pídeles que te apoyen donando un producto de la canasta básica y también agrégalo e incluso invítalos a ir contigo.

El día que tus amigos y tu dispongan, en lugar de irse a tomar el café o ir al desayuno, acudan al asilo. Lleven todo lo que juntaron, nada de lo que donen, te aseguro, se tirará. 

Todo se aprovecha porque ellos viven de lo que nosotros como sociedad les donamos.

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No se les olvide a ti y a tus amigos llevar juegos como la lotería, un pequeño repertorio de canciones; si alguno toca la guitarra o algún otro instrumento musical, que lo lleve. El caso es que un día al mes puedan dar a esas personas tiempo, escucharlos, cantarles, llevar un pastel simplemente porque están ahí. Hay tantos pretextos que se pueden  tener simplemente por el hecho de estar un rato con ellos.



Es muy importante que antes de hacer esa visita social acudas o llames al asilo para que informar que van a ir, y para que tú sepas los horarios en los que ellos comen o en los que tengan  alguna actividad.




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No te arrepentirás de hacerlo, verás que no tiene precio ver las caras sonrientes, escuchar sus pláticas, sus anécdotas, etc.

En verdad que ser voluntario  con la gente que realmente nos necesita te deja una sonrisa por el resto del día.

Te aseguro que después te quedarás con una gran satisfacción de haber dado un poco a personas que no tienen nada.


¡Saludos!

jueves, 13 de noviembre de 2014

Cómo te ves me vi…


Cómo te ves me vi…

Hoy hablaré un poco sobre las efectos que se tienen al llegar a la tercera edad y cómo la sociedad en general podríamos ayudar.

No soy especialista en geriatría, pero he leído sobre tema y he trabajado muy de cerca con ellos durante mucho tiempo. Me he dado cuenta de que muchos de ellos parecieran tener sólo efectos de su ancianidad por el deterioro de sus funciones,  como su agilidad mental y su capacidad física.

Usualmente el deterioro físico va casi de la mano con el deterioro mental. Cabe mencionar que esto se debe en la mayoría de los casos a la calidad de vida que llevaron. Como ejemplo, podríamos mencionar que si una persona llevó una alimentación balanceada e hizo ejercicio físico y mental constantemente, es muy probable que su vida de adulto mayor sea mucho mejor que la de aquel anciano que no llevó buenos hábitos de alimenticios y no se ejercitó física y mentalmente.

Por naturaleza, gran parte de los ancianos van perdiendo flexibilidad en sus extremidades y son más lentos con su capacidad mental, pero veámoslo desde el punto de que nada es para siempre.

Por otro lado, hay que tomar en cuenta que las personas de la tercera edad (ancianos) son muy vulnerables a los cambios en su vida. Es común ver o saber de personas que de un momento a otro se les lleva a una casa de retiro, ya sea por enfermedad o por que la familia no se “puede” o “quiere” hacer cargo de ellas. Este tipo de cambios les afectan mucho, y al no poder adaptarse a su nuevo estilo de vida se vuelvan irritables, molestos todo el tiempo, quisquillosos, etc., se encuentran en un lugar al que no consideran un hogar para ellos, con extraños. Son separados de los suyos contra su voluntad.

Nosotros como sociedad podemos hacer mucho. Enseñemos a los niños y a los  jóvenes a ser pacientes; el adulto mayor está muy desvalorizado, empezando por el rechazo de los mismos familiares.

Hagamos conciencia con las personas que tenemos a nuestro alrededor. No olvidemos ese dicho tan popular que dice: “cómo te ves me vi, como me ves te verás”. No creamos que nuestra vida permanecerá como está para siempre; algún día nosotros seremos viejos. Tendremos nuestro deterioro tarde o temprano y no creo que queramos  terminar abandonados o excluidos por que no nos tuvieron paciencia.


Seamos incluyentes con este sector de la población.


¡Saludos!







martes, 11 de noviembre de 2014

Cargando un venado



Cargando un venado


Recordaba que hace tiempo leí una historia sobre una pareja que vivía en el campo, y hoy leyendo una noticia la recordé.

La historia comienza con un hombre que se encuentra a la orilla de un camino casi a punto de soltar el llanto. Cuando lo ve su compadre decide acercase a él. El compadre le pregunta que por qué se encuentra en ese estado de ánimo tan deprimido, el hombre le dice que ya no aguanta más, que si regresa a su casa sería capaz de matar a su mujer, que ya se encuentra en las últimas de su desesperación; a lo que el compadre le pidió que le contara su problema para ver si lo podía ayudar a encontrar una solución y evitar que cometiera semejante atrocidad, así que el hombre le platicó.

Comienza con su historia diciéndole que ellos son una familia humilde, que él tiene que salir seguido a cazar un venado para que puedan tener comida en casa. Para poder conseguirlo, él tiene que ausentarse varios días, pasar por caminos peligrosos, cuidarse de los animales, soportar picaduras de los insectos en el camino, garrapatas que lo muerden, soportar sed, hambre y dormir en la noche con frío y solo. Cuando logra cazar al venado después de varios días, tiene que regresar cargándolo en peores condiciones que cuando parte de casa, pues ya está cansado, lastimado y con ganas de estar de regreso.

En cuanto vuelve a casa, su esposa no tarda mucho en comenzar a repartir, como siempre, cada pieza del animal, se lo da a su madre, a la vecina, al tío, etc. Y a él que tanto le costó llevar el venado a casa y ella sin más lo regalaba. 

Le dijo al compadre que eso ya no estaba para aguantarse, que no sabía qué hacer. El compadre, después de meditar un poco lo que el hombre le platicó, le dijo que, en lugar de querer matarla o hacerle daño, mejor la invitara a cazar un venado en su próxima salida, pero que no le advirtiera en las condiciones en las que irían, lo difícil del camino y los inconvenientes del viaje, y que la invitara platicándole de forma bonita el escenario del paseo. 

Le sugirió que le comentara que si lo acompañaba, podría ver las flores en el camino, ver como su rostro se reflejaría en el agua del rio, que podría disfrutar de la noche con el manto de las estrellas, etc. En fin, que le pintara el viaje bellísmo.

En efecto, la mujer no dudó en ponerse una falda larga  y partió con su marido a un viaje de caza. No tardó ni un día de viaje y la mujer ya estaba cansada. Tenía su falda desgarrada por las espinas en el camino, por lo que se le hizo corta; sus piernas lastimadas, con picaduras de los insectos, mordeduras de algunos animalito, etc. Y así pasaron los días hasta que por fin su marido logró cazar un venado, ella, por supuesto, no podía dar crédito de lo agotada y maltratada que ya estaba. Su marido le dijo que ahora, ya que regresaban, cargara al venado. 

Ella lo llevaría a casa. La mujer no podía creer lo que le estaba pidiendo el marido, pero por la mirada seria que le dio, cargó sin replicar al venado de regreso.

Llegando a casa, lo primero que hizo la esposa fue aventar al venado en la sala, tumbarse en una silla y descansar. De repente, entró su pequeño hijo para informarle que ya estaban esperando la tía, el vecino y la mamá de su amiguito para que les diera la parte del venado, que, como siempre, ella repartía.

No terminaba aún su hijo de decirle todo cuando lo calló y le dijo que les dijera a la tía, al vecino y a la mamá del amiguito que se fueran, que no les tocaría nada, que le costó mucho trabajo, tiempo y esfuerzo poder traer ese venado a su casa como para reglarlo así nada más, que ya no lo haría más.

Este viaje de caza que hizo con su marido, hizo que comprendiera, sufriendo en carne propia, lo que le costaba a su esposo llevar el alimento para su familia, y hasta entonces valoró el trabajo de su esposo, que cada que salía a cazar tenía que cargar su venado de vuelta.

Después de leer esta historia hemos de entender y valorar el trabajo de los demás.

Pero sólo sabremos valorarlo cuando por nuestro esfuerzo y trabajo hayamos adquirido lo que tenemos.

Valoremos a esos hombres y mujeres que diariamente cargan su propio venado.


¡Qué tengas bonito día!