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miércoles, 5 de noviembre de 2025

Hoy el acoso no se queda en la escuela… y el trabajo social tampoco

6 de noviembre – Día Internacional contra la Violencia y el Acoso Escolar

Hoy no se trata solo de evitar empujones en el recreo. Hoy también hablamos de los mensajes que duelen más por la noche, de las fotos que circulan sin permiso, de los memes que dejan marcas aunque no se vean. El acoso escolar ya no tiene horario ni fronteras: entró al salón… y también a la pantalla del celular.

Y frente a eso, hay una figura que muchas veces pasa desapercibida, pero que está en primera fila: el trabajador social escolar. No con una varita mágica, pero sí con algo más poderoso: la capacidad de conectar, escuchar y actuar con otros.


No da órdenes: abre espacios para hablar

Un trabajador social no entra al plantel a “arreglar el problema”. Entra a sentarse con los chavos, a veces en un banco del patio, a veces en un rincón del aula. No les dice “debes denunciar”, sino pregunta:
—¿Te ha pasado algo que te haya hecho sentir mal en redes o en la escuela?

Muchas veces, esa pregunta sencilla es la primera vez que alguien les da permiso para hablar. Y en esa plática, nace la confianza. Porque el trabajo social no juzga: acompaña. Y eso, en medio del miedo y la vergüenza, es un alivio enorme. 

 


Camina con los maestros, no por encima de ellos

¿Crees que los profesores siempre saben cuándo hay acoso? A veces no. Pero cuando el trabajador social platica con ellos en la sala de maestros, les ayuda a ver lo que antes pasaba desapercibido: un chico que ya no levanta la mano, una chica que se sienta siempre sola, un grupo que se ríe “demasiado” de alguien.

Juntos, maestro y trabajador social diseñan formas de intervenir sin exponer a nadie, porque saben que castigar no cura. Lo que sana es sentirse visto, escuchado… y protegido.


Con las familias: sin sermones, con complicidad

Muchos papás y mamás se sienten perdidos frente al mundo digital de sus hijos. “No entiendo TikTok”, “no sé cómo mirar sin invadir”, “¿será que exageran?”.

 El trabajador social no llega con un discurso, sino con una invitación:

—¿Y si charlamos de cómo podemos cuidarlos juntos, sin que ellos se sientan vigilados?

A veces organiza cafés con padres, reuniones virtuales los viernes en la noche, o simplemente una llamada tranquila. Su objetivo no es “enseñarles a ser mejores padres”, sino tejer alianzas reales, donde todos —escuela, familia, comunidad— se sientan parte de la solución.


Con la comunidad: construye redes… de las que cuidan

El trabajo social escolar no trabaja en soledad. Reúne a estudiantes, docentes, madres, padres, incluso al personal de intendencia, para crear acuerdos colectivos.

¿Cómo queremos que sea nuestro grupo en redes?
¿Qué hacemos si vemos que alguien está siendo atacado en línea?
¿Cómo apoyamos a quien se atreve a pedir ayuda?

Y lo más bonito: deja que los mismos adolescentes propongan. Porque saben mejor que nadie cómo se vive el ciberacoso… y también cómo frenarlo.


¿Y tú qué puedes hacer hoy?

No necesitas ser experto. Solo estar presente.

  • Pregúntale a tu hijo o sobrino: “¿todo bien en el cole… y en tus redes?”
  • Si eres maestro, no minimices lo que parece “solo un chisme”.
  • Si ves algo raro, habla con el trabajador social de tu escuela.
  • Y si ya hay uno, agradécele. Porque su trabajo no se mide en actas, sino en vidas que recuperan la confianza.

Una escuela segura no se construye con reglas solas… se teje con conversaciones

Hoy, en el Día Internacional contra la Violencia y el Acoso Escolar, recordemos que el cambio no viene de un discurso, sino de actos cotidianos de cuidado compartido.

El trabajador social escolar no tiene todas las respuestas. Pero sí tiene las manos tendidas, el oído atento y el corazón dispuesto a caminar con otros, no por delante ni por detrás.

Y en un mundo donde el acoso se esconde hasta en la pantalla del celular… eso es, sin duda, revolucionario. 

 


Si en tu escuela no hay trabajo social… pregúntate por qué no.

Porque nadie debería tener que sufrir en silencio. Ni en el salón. Ni en su teléfono.

viernes, 10 de junio de 2016

El trabajo infantil.
Un problema que está presente en nuestra sociedad es el trabajo infantil. Mientras los niños deberían solo dedicarse a estudiar y a disfrutar esa etapa llena de aprendizaje y descubrimientos de todo tipo (ahora tan lejana cuando los años se nos acumulan uno a uno) algunos millones de ellos no lo pueden hacer.



Se estima que más de 168 millones de niños trabajan en el mundo. O sea que 1 de cada 10 niños lo hace. Y de estos, unos 86 millones están involucrados en trabajos peligrosos: trabajan en minas, en fábricas, en el manejo de productos químicos, etc.  y además no usan ningún tipo de protección.


Pero,  aquí viene la pregunta principal: ¿Por qué trabajan los niños? y su respuesta: La principal causa es la pobreza.


Los padres no ganan suficiente dinero para alimentar y cuidar a sus familias. Por lo que los niños se ven obligados a trabajar para ayudar a su familia.

Y esta situación trae consecuencias y una de ellas es que los niños no van a la escuela. Unos 72 millones de niños en el mundo solo pasan por la educación primaria y después de eso no continúan los estudios. Ya sea porque trabajan y no tienen tiempo para estudiar o porque, aunque la escuela sea gratuita tienen que comprar libros, cuadernos, bolígrafos y además el almuerzo y todo esto es demasiado caro para muchas familias.


Si la enseñanza fuera totalmente gratuita, que la familia no tuviera que pagar nada en absoluto y esto incluye la alimentación, este sería un excelente medio de lucha contra el trabajo infantil. Y esto es una tarea que le corresponde a los gobiernos de cada país.


Otra forma de evitar el trabajo infantil es hacer que las empresas no contraten a menores de edad. Existen países como China, Vietnam, Indonesia y otros más donde sus regímenes dictatoriales y la falta de transparencia legal permite que empresas sin escrúpulos contraten a niños y trabajadores con muy bajos sueldos y mantenerlos amenazados bajo amenaza o castigo a trabajar 7 días a la semana sin descanso.


Por ejemplo un caso muy sonado fue (o quizá aún lo es) de los zapatos tenis “Nike” (los de la palomita) que se fabricaba en Indonesia. Mientras el calzado deportivo tenía un precio final de aproximadamente 130 US dólares, a los niños (cuya edad rondaba los 11 años) se les pagaba 0.14 US dólares por hora de trabajo. (como dato interesante: ¿cuánto cuesta fabricar unos zapatos deportivos?)


SI es inevitable que un niño trabaje entonces hay que tener una vigilancia estricta de los lugares de trabajo. Cuidar que no se les den labores que no requieran un esfuerzo más allá de sus límites físicos, cuidar que los riesgos sean menores o preferentemente nulos, que trabajan en un horario adecuado y que la paga sea la justa por su labor.


Otra forma de  combate a la explotación infantil es evitando comprar productos hechos por niños. Claro que no sabemos si el producto fue fabricado por un infante pero hay una buena probabilidad de que este haya sido producido por un niño o un adulto pobre y mal pagado. Hay pistas que nos pueden dar un idea de este hecho: el producto es muy barato y la etiqueta dice “Hecho en China” o en la India, Indonesia, Bangladesh, Nepal, etc.


El trabajo infantil es un mal necesario en muchos sectores de nuestras sociedades. Cuando la pobreza no permite vivir con los requerimientos mínimos de educación, alimentación, salud y diversión, los padres se ven obligados a hacer que a sus hijos trabajen para poder sobrevivir cada día.


En conclusión, existen al menos cuatro estrategias para acabar con el trabajo infantil:
1.- Reducción de la pobreza.


2.- Otorgar una educación de calidad incluyendo programas de cero gasto escolar (útiles escolares) y de alimentación básica.


3.- Crear empleos de calidad (seguros y bien pagados) a los padres o tutores y,


4.- Eliminar bajo leyes y normas más estrictas el trabajo infantil.



“El único trabajo que deben estar obligados a realizar y además hacerlo a la perfección es el de ser niños.”