viernes, 17 de octubre de 2025

Donde empieza la esperanza: el trabajo social ante la pobreza (Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza 17 de octubre

Cada 17 de octubre, el mundo detiene por un momento su rutina para hablar de pobreza. Pero, por más discursos y cifras que se repitan, sigue siendo difícil entender lo que significa vivir con menos de lo indispensable. La pobreza no es un concepto; es la vida que se sostiene con ingenio, con resistencia y con fe en los demás. Es ese niño que estudia con un cuaderno prestado, o esa mujer que camina kilómetros para conseguir agua.

En México, millones de personas viven en esa realidad invisible. En los márgenes de las ciudades, donde el pavimento se acaba y empieza el polvo, el trabajo social se convierte en uno de los pocos brazos extendidos del Estado hacia quienes no tienen red de apoyo. Los trabajadores sociales no llegan con promesas milagrosas; llegan con escucha, con respeto y con paciencia. En su labor, la empatía se convierte en herramienta y la dignidad en objetivo.

Quienes elegimos mirar la pobreza desde afuera solemos reducirla a números. Pero el trabajador social sabe que detrás de cada cifra hay una historia detenida: la niña que no asiste a clases porque cuida a sus hermanos, el anciano que no recibe atención médica, la familia que reconstruye su vivienda después de una inundación. El trabajo social, entonces, no es un servicio; es una forma de resistencia.

Hoy, en el Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza, vale la pena cuestionar lo que entendemos por progreso. Porque mientras unos acumulan riqueza, otros acumulan esperas. La lucha contra la pobreza no puede depender solo de políticas económicas: necesita una mirada humana, una ética que ponga la vida en el centro. Y en ese terreno, el trabajo social no busca protagonismo; busca puentes.

En cada comunidad hay ejemplos silenciosos: mujeres que organizan comedores, jóvenes que impulsan cooperativas, adultos mayores que enseñan oficios a sus vecinos. Los trabajadores sociales acompañan esas iniciativas sin imponer agendas, fortaleciendo la confianza colectiva que nace del "hacer juntos". Allí donde la pobreza se disfraza de rutina, ellos descubren posibilidades que parecían extinguidas. 

Erradicar la pobreza no significa borrar la carencia, sino dar oportunidad de reconstruir el sentido. Cuando una persona encuentra empleo digno, acceso a salud, educación o simplemente alguien que le escuche sin juzgar, comienza una transformación real. El trabajo social es esa chispa que prende en lo cotidiano y demuestra que el cambio empieza cuando dejamos de mirar la pobreza con lástima y comenzamos a mirarla con compromiso.

Tal vez este día no necesite más estadísticas ni discursos elaborados. Tal vez lo que de verdad se necesita es voluntad de reconocer que la pobreza no es un fracaso individual, sino una falla colectiva. Si cada profesional, vecino o ciudadano asumiera que la dignidad de otros también es su responsabilidad, la erradicación dejaría de ser una utopía.

Y ahí, en ese gesto cotidiano de acompañar y creer que todos merecen una vida plena, se encuentra la esencia del trabajo social. No en la burocracia, ni en los programas, sino en el encuentro humano —ese que devuelve esperanza donde parecía imposible hallarla—. Porque la pobreza no se vence solo con dinero; se vence cuando alguien extiende la mano y dice: “no estás solo”.


 

jueves, 16 de octubre de 2025

La semana en que la novela me encontró. (Semana Mundial de la Novela del 13 al 20 de octubre del 2025)

El lunes, la ciudad parecía la misma: camiones llenos, vendedores de frutas gritando precios en la esquina, y el sol arrancando vapores del pavimento. Sofía llegó a la biblioteca más por costumbre que por convicción, sabiendo que algo celebraban esa semana, aunque no entendía por qué tanto alboroto con las novelas. Nunca había terminado una entera.

El ambiente allá adentro contrastaba con el bullicio de la calle: fresco, con olor a hojas viejas y manos recién lavadas. Un bibliotecario, entusiasta y algo insistente, le puso en las manos una novela poco conocida. “Dale una oportunidad, igual y te cambia el día”, le dijo con una sonrisa de esas que convencen.

Aquella noche, entre mensajes de WhatsApp y citas de trabajo que no podía olvidar, Sofia leyó la primera página. No entendió mucho, pero hubo algo en el tono de la protagonista que la hizo sentir en confianza, como si platicara con una vecina en la tienda.

 

Esa sensación se hizo costumbre. Al tercer día, la novela era una excusa para salir antes del tráfico y perderse entre palabras ajenas. Los personajes invadieron su rutina: pensaba en ellos al elegir el desayuno, los imaginaba riendo en la parada del camión como si fueran amigos de toda la vida.

El viernes, Sofía consiguió arrastrar a su hermano a una charla de la Semana Mundial de la Novela. Le sorprendió la cantidad de gente: doñas, chavitos de secundaria, un señor que parecía conocer todos los libros del mundo. La moderadora preguntó:
—¿Alguien quiere compartir qué historia les marcó la vida?

Sofía, tímida, se quedó callada, pero escuchó atento las anécdotas de otros, sintiendo que tal vez aquello de leer novelas no era solo entretenimiento, sino una forma de entenderse —y entender a los demás— en este mundo raro.

El domingo, a último minuto, devolvió la novela a la biblioteca. Al salir, el bibliotecario volvió a sonreír como si supiera un secreto:
—¿Te convenció?
Sofía se encogió de hombros y, por primera vez, no supo qué responder.

Al día siguiente, mientras iba tarde al trabajo, notó algo insólito: en la parada de camión, la señora del puesto de jugos leía la misma novela. Detrás, dos estudiantes discutían sobre un personaje del libro. Y, por la tarde, su jefe mencionó —casi al pasar— una frase idéntica a la que más le había gustado.

Entonces Sofía entendió: la Semana Mundial de la Novela no termina el domingo. A veces, una historia se te pega y, sin darte cuenta, empieza a vivir en quienes te rodean. Las novelas, pensó, son como esos chismes buenos: una vez que arrancan, nadie los detiene.

Sofía sonrió por dentro y, sin decir palabra, tomó prestada otra novela. Esta vez, con la certeza de querer ver hasta dónde llegaba la magia.

 


 

Comer bien no debería ser un lujo (16 de octubre: Día mundial de la alimentación)

Hay algo que me ha marcado desde niño: el olor del guisado que se cocinaba en la casa de mi abuela los domingos. Ese aroma llegaba hasta la calle, y uno sabía que ahí esperaba no solo comida, sino cariño servido en platos hondos. Cada 16 de octubre, cuando se habla del Día Mundial de la Alimentación, pienso en esa mesa repleta y en las miles de mesas vacías que existen al mismo tiempo. Porque más allá de las campañas y los lemas bonitos, lo que realmente está en juego es algo muy simple pero desgarrador: que todavía hay gente que no sabe qué va a comer mañana.

El mundo al revés

Vivimos en un planeta extraño. Caminas por el súper y ves montañas de frutas perfectas, carnes empacadas al vacío, lácteos que vencen en semanas. Todo ordenadito, limpio, como si la comida naciera ahí mismo. Pero a unas cuadras, hay familias que hacen malabares para llenar el carrito con lo más básico: frijoles, arroz, tal vez un pollo para toda la semana. Y más lejos, en algún rincón del mundo, alguien camina horas para conseguir agua potable.

Me duele pensar que mientras unos tiramos el pan que se puso duro, otros lo estarían agradeciendo con lágrimas en los ojos. No es culpa nuestra tener acceso a la comida, pero sí es nuestra responsabilidad no desperdiciarla. Cada vez que abro el refrigerador y veo esa fruta arrugada que no me comí, o esos restos de comida que se echaron a perder, siento una punzada. Porque en algún lugar, esa misma fruta hubiera sido un tesoro.

Las manos que nos alimentan

Detrás de cada tortilla que desayunamos hay historias que ni imaginamos. El campesino que se levanta antes del amanecer para regar el maíz, con las manos agrietadas por el trabajo y los ojos cansados pero llenos de esperanza. La señora que amasa en la esquina, que conoce de memoria cuánta sal lleva la masa y cómo debe sonar cuando está lista. El señor del mercado que madruga para traer los quelites frescos, que sabe cuáles están tiernos solo con tocarlos.

Todos ellos forman parte de nuestra mesa, aunque nunca los veamos. Y muchas veces, quienes nos dan de comer son los que menos tienen. Es una paradoja cruel: el que siembra no siempre cosecha para sí mismo. He conocido productores que venden sus mejores verduras y se quedan con las que ya no se ven tan bonitas, no por vanidad, sino porque necesitan esos pesos extra para que sus propios hijos coman.

El sabor de casa

La comida es memoria. Cada familia tiene sus rituales, sus secretos culinarios que se pasan de generación en generación. En mi casa, el domingo no era domingo sin el pozole de mi mamá. Ella lo preparaba desde el sábado por la noche, dejando que el maíz se cocinara lentamente, con paciencia. "La comida no se apura", decía, "porque comer es un acto de amor".

Y tenía razón. Cuando compartimos la mesa, compartimos mucho más que nutrientes. Compartimos tiempo, conversación, risas, a veces también preocupaciones. La cocina se vuelve el corazón de la casa, el lugar donde se toman las decisiones importantes y donde se celebran las pequeñas victorias. Por eso duele tanto saber que hay familias que no tienen ni siquiera una mesa donde sentarse juntas.

En México, tenemos una riqueza gastronómica que nos conecta con nuestras raíces. Cada mole, cada salsa, cada tamal lleva siglos de sabiduría. Pero esa riqueza también nos compromete: si conocemos el verdadero valor de la comida, no podemos ser indiferentes ante quien no la tiene.

Lo que sí podemos hacer


A veces sentimos que el problema del hambre es tan grande que nosotros, desde nuestro lugar, no podemos hacer nada. Pero la verdad es que cada pequeña acción cuenta más de lo que creemos. Cuando compro en el tianguis en lugar del supermercado, estoy apoyando directamente a un productor local. Cuando aprovecho las sobras de ayer para hacer algo nuevo hoy, estoy siendo parte de la solución, no del problema.

También está el asunto de comer conscientemente. No se trata de volverse obsesivo, sino de valorar lo que tenemos. Masticar despacio, disfrutar los sabores, agradecer mentalmente a quienes hicieron posible que ese alimento llegara a nuestro plato. Es una forma sencilla de honrar la comida y, de paso, de disfrutarla mejor.

Y luego está algo que me parece fundamental: enseñar a los niños de la casa de dónde viene lo que comen. Llevarlos al mercado, explicarles por qué el jitomate de temporada sabe diferente, contarles que las gallinas ponen huevos cuando están felices. Esa educación emocional con la comida puede cambiar su relación con ella para siempre.

El peso de la conciencia

No puedo escribir sobre alimentación sin mencionar algo que me quita el sueño: los números. Más de 800 millones de personas en el mundo no tienen suficiente comida. Ochocientos millones. Es una cifra tan grande que se vuelve abstracta, pero cada número representa a alguien como nosotros, con nombre, con familia, con sueños. Alguien que siente hambre de verdad, no el hambre de "no sé qué quiero comer", sino el hambre que duele en el estómago y nubla los pensamientos.

Por otro lado, se desperdician aproximadamente 1,300 millones de toneladas de comida al año. Imaginen: comida suficiente para alimentar a miles de millones de personas se va directo a la basura. No es solo irresponsable; es inmoral. Cada vez que tiro comida, estoy siendo cómplice de esta paradoja absurda.

Una mesa para todos


El Día Mundial de la Alimentación no debería ser solo una fecha en el calendario. Tendría que ser un recordatorio diario de que mientras alguien tenga hambre, nuestra humanidad está incompleta. Porque alimentarse no es un favor que le hacemos a alguien; es un derecho básico, como respirar o tener techo.

Al final, creo que la comida nos enseña lo que realmente importa: cuidar unos de otros. Cuando invitas a alguien a tu mesa, le estás diciendo "me importas". Cuando compartes tu último pedazo de pan, estás eligiendo el amor por encima del miedo. Y cuando luchas para que nadie pase hambre, estás construyendo el mundo en el que todos deberíamos vivir.

Mientras escribo esto, puedo oler el café que se está haciendo en la cocina. Es un aroma que me tranquiliza, que me recuerda que hay cosas simples y hermosas en la vida. Pero también me recuerda mi tarea: hacer que ese mismo aroma, esa misma sensación de tranquilidad y abundancia, llegue a todas las casas. Porque comer bien no debería ser un lujo. Debería ser simplemente vivir.